La indulgencia
Los buenos modales nos imponen reducir al mínimo el malestar que les provocamos a los otros, nos ayudan a vivir en armonía. Nosotros no tocamos el objeto de otra persona, no nos dirigimos a alguien sin un motivo aceptable. Antes de hablar, lo saludamos, nos presentamos, nos disculpamos, agradecemos.
Nosotros estamos muy atentos al comportamiento de los otros. Los estudiamos cuidadosamente para entender sus intenciones. ¿Qué clase de persona es mi vecino? ¿Cuáles son los verdaderos sentimientos de mi colega? En todos estos casos somos exigentes, rigurosos.
Hay en cambio circunstancias en las cuales suspendemos el juicio. Con los niños, con los adolescentes, con las personas nece¬sitadas, con los ignorantes. Buscamos justificarlos. Bajamos nues¬tras defensas. Somos indulgentes.
De esta manera, sin embargo, muchas veces terminamos por convertirnos en las víctimas. ¿Dónde termina la ignorancia y dónde comienza la provocación? Los niños, ya desde pequeños, son maestros de la provocación. Saben perfectamente cómo exas¬perar a sus padres, lloriqueando. ¿Y no se comporta del mismo modo ese vendedor ambulante que no se aparta de mi sombrilla? ¿No busca sacarme de las casillas para que yo parezca un racista? Y la mucama que, canturreando, te quema la chaqueta de un traje recién comprado y se justifica diciendo: “No lo he hecho a propó¬sito”, ¿es realmente tan inocente?
Los débiles pueden sacar provecho de su debilidad, al trans¬formarla en arma de presión. Explotar así mi clemencia.
Es el caso de los drogadictos que imponen a sus padres todo tipo de extorsiones e imposiciones. El drogadicto roba, miente, engaña, pero tiene la terrible coartada, la terrible justificación de
la droga. El individuo aislado no puede resistirlo moralmente. Es aniquilado. Sólo puede hacerlo una comunidad en la que haya otros individuos como él.
Son muchos los débiles que disfrutan de la clemencia ajena. Lo hacen los hijos en relación con sus padres. Muchísimas madres se dedican en exceso a los hijos varones y luego se comportan como amantes posesivas. Otras explotan el sentimiento de culpa de las hijas mujeres. Se encargan de convertirse en indispensables, pero luego pretenden que la hija las asista continuamente.
Nosotros nos imaginamos siempre que una persona débil y frágil debe de ser buena. No es cierto. Me acuerdo de una mujer anciana, un poco desequilibrada, que vivía sola y que me inspira¬ba compasión. Después me di cuenta de que era verdaderamente malvada, directamente cruel. Los enfermos mentales, las personas muy mayores, son a menudo agresivas. Nosotros somos los que tratamos de verlos mejores de lo que son.










