El rol

El rol
Ha existido siempre y existe hoy también una fractura entre la adolescencia, la juventud y la vida adulta. Hace un tiempo existían los ritos de iniciación, hoy existe el ingreso en el mundo del trabajo. Hasta este momento, al muchacho todos le piden esencialmente espontaneidad y sinceridad. En la casa, en el colegio, con los amigos, se le pide que se exprese libremente. Con frecuencia se aprecia su vehemencia. Los jóvenes dicen lo que piensan, son sinceros hasta la brutalidad. Entre ellos han establecido un código de comportamiento que pide que sean espontáneos y transparentes. Prefieren un gesto violento que uno falso. Prefieren un no dicho con decisión que algo hecho de mala gana.
Los adultos aprecian estas características de los jóvenes. Los miran con indulgencia, con ternura, a veces con nostalgia. El adulto aprecia la espontaneidad y la sinceridad como una condición de inocencia perdida. Como un paraíso terrestre, antes de las obligaciones, de las luchas, de la coerción del trabajo.
El pasaje al mundo adulto, por lo tanto, es en general brusco, traumático. Con frecuencia ocurre cuando el muchacho empieza a trabajar. En nuestra sociedad comienza tarde, aun después de los veinte años. Entonces, el comportamiento dé los adultos en relación con el joven cambia radicalmente. Se vuelve frío. Le explican que el mundo del trabajo es distinto, que la vida es distinta. Le dicen que la autenticidad la podrá encontrar en un amigo; que el amor lo podrá encontrar en la familia o en una sola persona. Pero en todas las otras situaciones, deberá desempeñar un rol, aprender a actuar, asumir una máscara.
Los jóvenes se han rebelado siempre ante esta revelación. Porque tienen la impresión de haber sido engañados. Porque sienten que les recomiendan la hipocresía. Muchos movimientos
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juveniles, políticos o religiosos, han sido verdaderas revueltas contra el formalismo y la hipocresía de los adultos. El 1968 también lo ha sido: un rechazo a la hipocresía del mundo adulto identificada, a través del marxismo, con el trabajo alienado.
Luego, poco a poco, llega la aceptación. Y también llega el momento en el cual el joven descubre las ventajas del rol, de la máscara. Se da cuenta de que lo que importa en el abogado es su capacidad profesional. Hasta el momento en que lo ha consultado el abogado era un extraño para él. Y sin embargo se ha hecho cargo de sus intereses con dedicación, con más continuidad y más solicitud de lo que lo hubiese hecho un compañero suyo. La atención del compañero de juegos es discontinua. La del abogado es ininterrumpida. El buen abogado, además, le evita toda molestia, no lo aburre con detalles inútiles, no lo molesta con noticias inquietantes. Lo tranquiliza, lo lleva de la mano, le resuelve los problemas, le vuelve la vida menos desagradable. Y sin embargo no lo hace porque lo quiere. Lo hace porque es su rol profesional. Porque tiene un modelo de excelencia y de ética.
Lo mismo sucede con el médico, con el psicoanalista que entra, nada más ni nada menos que en el alma, que conoce los pensamientos más secretos y que lo ayuda aun contra él mismo. También en el mundo del trabajo el joven encuentra, junto a las desilusiones, personas admirables. Por ejemplo un dirigente capaz de afrontar con serenidad las situaciones más difíciles, rápido, incansable. Está impresionado por su entusiasmo continuo, tanto al hablar de las vacaciones como del trabajo. Un entusiasmo que se transmite a todos, que contagia y vuelve el trabajo más divertido.
Los jóvenes, en estos casos, tienen la impresión de encontrarse frente a un individuo excepcional, extraordinario. Piensan que ésa sea su personalidad total. Caen en la ilusión de que siempre es así, en cada momento de su vida y en cada relación. No se dan cuenta de que es una especialización, el producto de un trabajo realizado sobre sí mismo. /
A veces, en cambio, al observar a un gran hombre se desilusionan. Se preguntan por qué el gran manager se deja conducir por su secretaria. La secretaria es astuta, sabe intuir sus estados de ánimo, sabe manipularlo. Y él no se da cuenta. Para no hablar de las relaciones con su esposa. Una mujercita agria y maldita que le hace hacer lo que ella quiere. Pero ¿por qué tanto la secretaria como la mujer han concentrado su atención justo en la manipula-
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ción? El en cambio tenía que hacer otras cosas. Ha invertido todas sus energías emotivas e intelectuales en la construcción de su rol. Es aquí donde ha puesto lo mejor de sí mismo.
Es esta una experiencia que tienen muchos cuando conocen más íntimamente a un gran escritor, a un gran científico o a un gran músico. Quedan desilusionados, quedan impresionados por los aspectos opacos de su personalidad. Creían que era extraordinario en todas las manifestaciones de su vida. En cambio no es así. Lo mejor de sí mismo, su excelencia, la puso en su investigación, en su profesión, en su obra de arte. A veces, fuera de eso, no queda casi nada.