El inmaduro
En nuestra vida nosotros nos relacionamos con muchísimas personas, tenemos obligaciones con muchísimas personas. Nuestro padre y nuestra madre, nuestro marido o nuestra mujer, nuestros hijos, aquellos que trabajan para nosotros o aquellos para los que nosotros trabajamos, nuestros superiores, nuestros colegas, todos aquellos que se dirigen a nosotros a pedirnos servicios o ayuda, todos aquellos que nos ayudan y a los que les debemos reconocimiento. A menudo estas relaciones son delicadas, difíciles; requieren ponderación, prudencia, habilidad, energía. Y debemos tener presentes a todos, no podemos ocuparnos de algunos e ignorar a otros. La madurez consiste en aceptar esta complejidad, en no eludir estos problemas, en tomarlos extremadamente en serio.
Este concepto de madurez como asunción de responsabilidad para todo lo que está relacionado con nosotros nos ayuda a entender el concepto opuesto, la inmadurez. La inmadurez es una simplificación arbitraria de la vida.
Desde el punto de vista sociológico todo esto puede ser explicado con la teoría de los roles. Rol es lo que se espera que hagamos por el hecho de ocupar una determinada posición social. En la sociedad moderna sólo el niño pequeño tiene derecho a ejercer un único rol. Ya cuando va al colegio empieza a desempeñar dos. No puede comportarse del mismo modo con los padres que con la maestra.
Todos los adultos, en cambio, deben desempeñar muchos roles. Uno no es sólo médico, es también hijo, marido, amigo, pariente, colega, miembro de un condominio, de un partido, de un club. Cada rol tiene un mundo moral como marco de referencia. El médico, en su profesión, no debe comprometerse emocionalmentete; en cambio, en el rol de marido debe hacerlo. Como amante del deporte tomará partido por su equipo, como dirigente debe ser ecuánime. La madurez, la profundidad espiritual del sujeto, reside en su capacidad de conducir todos estos roles con flexibilidad.
La persona inmadura se niega a hacerlo. Se dedica a un solo rol, coloca en él todas sus energías, se convierte en el primero. Así pretende que lo juzgue en d e la misma manera en los otros aspectos, también en aquellos en los que no hace nada, aun en los que no sabe hacer nada. Tal vez es muy bueno en matemáticas, es un experto con el ordenador, pero no entiende a su mujer, a sus hijos, a sus colegas, es un desastre en las relaciones sociales. Hay algunos genios de este tipo que mentalmente y emocionalmente se han quedado en la infancia, carentes de toda profundidad espiritual.
Pero no existen sólo estos casos límites. Hay también muchos grados de inmadurez. Es inmaduro el hombre que se ocupa exclusivamente de su trabajo, que se lo lleva también a su casa, que no sabe hablar de otra cosa, que delega en la mujer la conducción de la vida cotidiana y de los hijos. Pero es también inmadura la mujer que vive sólo para la vida doméstica, que no está al tanto de la actividad de su marido, no la entiende y no quiere que la molesten en sus costumbres y en sus ritos.
Este tipo de inmadurez se presenta a menudo bajo la forma de falta de gratitud. Hay personas que no agradecen, o lo hacen muy superficialmente, aun cuando los otros le han resuelto un problema gravísimo. No sienten el deber de agradecer, no se les ocurre llamar por teléfono para saludar, para invitar a cenar, para felicitar por el aniversario del que los ha favorecido. Porque en el fondo de su alma están convencidos de haber recibido sólo lo que les correspondía.
El pasaje de la infancia a la adolescencia, a la vida adulta, es un tránsito fatigoso hacia una forma de moralidad más articulada, más compleja. Y para todos es mucho más fácil detenerse perezosamente, y esperar que algún otro haga el trabajo por ellos.










