El ingrato

El ingrato
Hay hombres que logran siempre valorizar a los otros. Otros que se valorizan sólo a sí mismos. Tenemos ejemplos evidentes en algunas transmisiones televisivas. O bien en el campo de la ciencia. Nosotros no recordamos sólo a Enrico Fermi, sino a todos los “muchachos de vía Panisperna”, como Majorana, Segre, Amaldi.
Por el contrario, hay personas que, a pesar de estar dotadas de grandes cualidades artísticas o intelectuales, no hacen nada para valorizar a los otros: se ocupan sólo de sí mismos, de su éxito personal, de su propia vanagloria. En un espectáculo, aun cuando sólo sean simples invitados, monopolizan el espacio, reducen a todos los demás a simples comparsas.
Algunas de estas personas son capaces también de rodearse de colaboradores, saben constituir una escuela, una organización eficiente. Pero hacen las cosas de manera que nadie sobresalga, afirme su personalidad y sus ideas, tenga éxito. Al elegir a sus alumnos, se ocupan de que no sean demasiado inteligentes, originales y creativos. Prefieren que sean obedientes, trabajadores y mediocres. Un gran número de profesores universitarios son de esta clase. Porque son alumnos mediocres de maestros que tenían miedo de que alumnos geniales les pudiesen hacer sombra.
Veamos así un primer elemento constitutivo de este tipo de personalidad, el miedo de que alguno crezca más que ellos. En cada persona joven, capaz, ven un potencial opositor. Mientras pueden lo explotan para su éxito personal, luego empiezan a crearle obstáculos. Si busca liberarse y hacerse camino por sí mismo, lo persiguen. Allí donde funciona el mercado, este mecanismo no resulta. Pero en el sector público, por ejemplo en el teatro, hay monstruos sagrados que deben su poder monopólico a su capacidad de aplastar cualquier tipo de competencia juvenil.
54

A menudo la persona que no ayuda a los demás no es sólo egocéntrica, sino también está envenenada por la envidia. Una envidia vigilante, siempre lista a dispararse.
Este tipo de personajes son también poco valientes. Sin embargo, saben esconder su cobardía. Declaman, se indignan, estigmatizan, pero no se exponen. Mandan a los otros al frente. Luego, si las cosas salen mal, desaparecen; si salen bien, se atribuyen el mérito. Cobarde no es el que tiene miedo. Cobarde es el que se escuda detrás de los valientes, los sacrifica y, luego, reniega de ellos.
Las personas que no saben valorizar a los demás, a menudo no escuchan. Parece que escuchan pero, en realidad, cuando están callados están pensando sólo qué van a decir, están pensando una ocurrencia divertida. Y luego, de hecho, vuelven a empezar allí donde se habían interrumpido, indiferentes a los pensamientos de los demás, a sus necesidades. A ellos sólo les interesa poner en evidencia su propia persona, su propia capacidad, sus propios méritos.
Cuando tienen éxito, se consideran superiores a los otros seres humanos. Una persona que yo conozco, después de un éxito internacional, humilló profundamente a todos sus amigos y alumnos, diciéndoles: “Ya no me interesáis, pertenecéis a mi vida pasada”.
Frecuentemente estos personajes se camuflan, se esconden. Para reconocerlos, se puede hacer la prueba contándoles alguna cosa que no les atañe, que se refiere a otra persona; luego hablarles bien de la otra persona. Y bien, después de cinco minutos como máximo, ellos cambiarán de tema y atraerán la atención sobre sí mismos y sobre lo que han hecho.
O bien uno puede hablar de sí mismo. Si uno habla de su enfermedad, ellos dirán cosas increíbles de su propia enfermedad. Si uno habla de la propia empresa, se verá invadido por las maravillas de su empresa. Y lo mismo pasaría si se tratara de un viaje, de una desgracia, de cualquier otra cosa.