El cobarde
El coraje es la virtud del comienzo. Su opuesto es no hacer nada, esconderse; no el miedo. Porque el valiente tiene miedo. Pero lo vence y se lanza hacia adelante afrontando la incertidumbre del mundo. La persona que no logra dar el salto, el miedoso al que le castañetean los dientes por el terror, no suscita nuestro desprecio, sino nuestra compasión. Fantozzi, el gran personaje creado por Paolo Villaggio, suscita ternura, puesto que está aniquilado por la realidad frente a la que se encuentra desarmado como un niño pequeño.
Existe luego el prudente. El prudente quiere reducir al mínimo el riesgo. Hasta que no ha explorado la realidad, hasta que no la conoce detalladamente, no actúa. Nosotros podemos irritarnos ante una excesiva prudencia. Sin embargo, cuando permite evitar los fracasos la consideramos una virtud.
En fin, hay una falta de coraje que no querríamos encontrar nunca, y es la cobardía. El cobarde esconde su miedo. Lo esconde y le saca partido para obtener ventajas y poder, para dañar a los otros y sacar partido en beneficio propio.
Hay distintos tipos de cobardía. Pero estos personajes tienen, en el fondo, algo en común y, en primer lugar, la teatralidad. Cuando no hay peligro, cuando no debe tomar decisiones, el cobarde ostenta seguridad. Se vanagloria de sus éxitos. Los exagera, los magnifica. Pone en escena su fuerza y su grandeza. A menudo consigue engañar aun a la persona más desconfiada.
Cuando liega el momento de la acción en el que hace falta tener coraje, desaparece, se esconde y empieza a agigantar los problemas. Habla de obstáculos insuperables, de complots, de enemigos políticos, de oscuras maniobras de las que hay que protegerse. Transforma la realidad, construye un mundo imaginario en el cual uno no podría nunca entender nada.
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Si tiene que hablar de alguna cosa, no da nunca un informe completo. Hace una lista de sus éxitos y de sus méritos, luego agrega que las cosas salieron mal por culpa de algún otro. Es como si no le importase verdaderamente el resultado, sino solamente recoger las alabanzas y evitar las culpas. Está dispuesto a acusar a su padre, a su hijo, a su mejor amigo. Piensa sólo en sí mismo, en su coartada, en asegurarse el mérito, no importa cómo salgan las cosas.
El cobarde no respeta la palabra empeñada. Promete con gran facilidad, después no hace nada. Si se le exige que rinda cuentas, hace largas listas de innumerables obstáculos, impedimentos temibles: “Tú sabes, yo me encargué del asunto, no puedes imaginarte…”; hasta que uno se siente culpable por haberle creado tantos problemas. Con él siempre uno está en deuda, él nunca nos debe nada.
Cuando tiene poder humilla, degrada a sus subalternos. Subraya sus errores, no con el objetivo de ayudarlos, sino de aplastarlos. Y lo hace en público, delante de los demás. Recuerdo un director que insultaba en el escenario a los actores, sobre todo a los viejos, aquellos que no podían rebelarse. Y a su alrededor estaba su corte que aplaudía. El gozaba de ese aplauso y era más cruel aún.
El cobarde necesita el aplauso, necesita la aprobación. Para lograr esto aplasta a sus subalternos, porque teme que se rebelen contra él, lo enfrenten, lo acusen, lo desenmascaren.
El cobarde es una persona temerosa que esconde sus miedos. Frente a los poderosos es servil, se humilla. Lo hace con el mismo arte de comediante que emplea cuando finge ser fuerte y merecedor de elogios. Entre nuestros grandes actores el que ha personificado mejor al cobarde es Alberto Sordi, arrogante con los débiles y arrastrándose delante de los poderosos.
Pero existe una cosa que el cobarde teme por sobre todo: el ser desenmascarado; que alguien logre desmontarle públicamente la mise en scéne que él construye continuamente y de la que vive. Por esto es que tiene miedo cuando se encuentra con una personalidad fuerte, verdaderamente valiente, a la que no le interesan las apariencias, sino el resultado; porque se siente desnudo frente a ella; porque sabe que el otro no se deja engañar.
La otra persona a quien el cobarde teme es a su mujer, o a su marido, es decir, a la persona que lo conoce bien en su vida privada. Y frecuentemente, en relación con ella, es un cordero.










