El capitalismo
Todos aquellos que viven en la ex Unión Soviética están enfrentando una terrible prueba: deben aprender a moverse en el mercado. Ya no hay nadie que decida cuánto cuesta el acero, que ordene que se transporten alimentos a los negocios, que establezca el salario. Cada uno debe calcular los insumos, discutir el precio, calcular los beneficios.
El mercado pone en movimiento millones de inteligencias y las obliga a decidir cuánto gastar, cuánto ahorrar, cuánto invertir y dónde, de qué modo. Las personas están obligadas a desarrollar cualidades especiales, como la prudencia, la vigilancia, el autocontrol, la capacidad de arriesgarse. Deben, en suma, aprender las virtudes burguesas.
En el siglo pasado, en el momento de la gran expansión del capitalismo industrial, se formaron grandes riquezas y surgieron muchísimos pobres, y muchos intelectuales, como Marx, se disgustaron. Tenían la impresión de que el mercado fuera una gran jungla en la que vale sólo la ley del más fuerte. El capital se forma inicialmente con la rapiña y luego con el robo de la plusvalía.
En realidad, la historia demuestra que el desarrollo económico empezó en las ciudades-estado como Florencia, Venecia, Milán, por obra de una burguesía de artesanos y comerciantes, trabajadora, inteligente, previsora, con un fuerte sentido comunitario. El mercado es el producto de la comunidad internacional de vendedores y compradores y está basado en el crédito, la confianza, el respeto a la palabra empeñada, es decir, sobre férreas reglas morales.
Con la reforma protestante esta misma burguesía se vuelve aún más austera, dura consigo misma. Trabaja intensamente, no consume, ahorra, acumula. La comunidad protestante ejercita una terrible presión sobre el individuo y modela su comportamiento de manera minuciosa, en casa, en el trabajo, en las relaciones sociales, le inculca la rectitud.
Es de esta manera que puede surgir una producción racional, el cálculo económico. No son los pocos grandes aventureros, los robber barons, que crean el capitalismo, sino los millones de artesanos, de comerciantes, de pequeños empresarios que acumulan como hormigas. Es sobre ellos que luego se acumulan los edificios de las grandes empresas. Pero incluso hoy, si falta este tejido conectivo, esta gente trabajadora y tenaz, la economía; no es sólida, no es una economía sana.
Desde sus orígenes, la sociedad capitalista impone dos deberes sociales aparentemente opuestos: la competencia y la solidaridad. El que está afuera tiene la impresión de que la competencia sea desorden, anarquía. En cambio es un principio de orden, como en el deporte, donde todos se tienen que pelear por el primer puesto. Pero sin odio, de acuerdo con las reglas, en forma justa.
También la gran empresa funciona solamente si en su interior se crean las condiciones de autonomía, responsabilidad y solidaridad de la sociedad en su conjunto. Prosperan aquellas en las cuales cada dirigente, cada jefe de personal, cada capataz, es más, cada obrero y cada empleado, pueden expresar su creatividad empresarial y se los premia por esto. Les va mal a aquellas empresas autoritarias en las cuales el ser humano es humillado, y aquellas burocráticas en las cuales no es estimulado a dar lo mejor de sí mismo.
Y la solidez de un sistema económico moderno, aun hoy, antes que en los grandes empresarios o en los políticos se funda en la gente común, en su capacidad de trabajo, en su competencia técnica, en su voluntad de aprender, en su rectitud.










